"¿Qué vas a ser cuando seas Grande?"

Por el Dr. Carlos María Díaz Usandivaras

Siempre que pienso en este tema surge ante mí una imagen. Una multitud entusiasmada que canta y agita pañuelos y banderitas Argentinas, Francesas, Inglesas y Americanas. Los veo desde arriba. Yo estoy más alto que ellos, pese a que tengo sólo 9 años. Es que estoy sobre los hombros de mi padre. Estamos en la Plaza Francia, porque los aliados acaban de liberar a París. Mi padre no era francés, ni descendiente de aquellos, pero en esa horrible hecatombe que fue la 2º Guerra Mundial, era categóricamente pro "aliados" y supongo que creyó que, pese a mis pocos años, también podía participar de aquella fiesta. Yo, naturalmente, entendía poco de estas cosas, pero tenía clara la polarización: por un lado estaban Hitler, Mussolini, a veces Franco y por el otro, el ídolo de mi padre: Winston Churchill, con Roosevelt, De Gaulle y aún el mismo Stalin. Creo que éstas fueron las primeras nociones de ética política que recibí.

Me pregunto porqué asocio este recuerdo cuando pienso en este tema. Creo que tiene que ver con esto de los chicos y los grandes.

En aquella época yo quería "ser grande" o "como los grandes". Observaba con fascinación a los adultos de los que aprendía muchas cosas: mis padres, mis tíos, mis primos mayores, los amigos de mis padres, mis maestros, los padres de mis amigos ...

Aquel recuerdo es como una experiencia inolvidable que condensa los muchos momentos en que mi padre me habló de cosas de "grandes". Sí, ése fue un privilegio, porque en esa época y durante bastante tiempo más, mi vida estaba acotada en muchas arcas. Yo era un chico y reiteradas veces escuchaba aquello de "no, esto no lo pueden hacer los chicos, cuando seas grande lo harás", "cuando seas grande." ... "¡Cuando sea grande lo voy a hacer y ya no podrán decirme que no!". En realidad, recordando aquellas experiencias privilegiadas, comprendo que mi padre, también en esto, estaba "sembrando" para cuando yo "fuera grande". Creo haberlo experimentado muchas veces, en sus diálogos conmigo. Era como ir preparando mis valijas, poniendo en ellas cosas útiles, para mi vida futura.

El resultado de estas actitudes fue despertar en mí un especial interés en el futuro y con esto, obviamente, la clara concepción de que el tiempo existía. Porque en alguna parte del tiempo, quizá un poco lejana, estaba el futuro. Ser grande, ser yo, ser alguien que pudiera hacer todas esas cosas. Alguien así tendría, también, los privilegios de los grandes, que entonces yo no tenía. Crecer era el medio para lograrlo. Aunque crecer costaba: estudiar, hacer deberes, cumplir consignas, sortear enfermedades, a veces recibir sermones; era lindo porque tenía un objetivo, una clara motivación. Yo estaba fanáticamente decidido a crecer y mis intereses estaban allí, en el futuro, en ese tiempo distante y misterioso pero lleno de fascinación. Mi vida de niño y adolescente era todo un proyecto: "qué voy a ser cuando sea grande".

Hoy ya soy grande, al menos en edad. De aquellos proyectos, muchos se realizaron, otros no. Felizmente, como conservo aquella energía vital, me quedan todavía algunos que trataré de cumplir. Entre los que se cumplieron está mi profesión.

Soy Médico Psiquiatra, más precisamente un Terapeuta Familiar que frecuentemente debe enfrentarse con adolescentes o jóvenes problematizados y con sus afligidas familias.

De ellos he aprendido sobre una patología o disfunción a la que considero una grave manifestación de autodestrucción, no siempre tenida en cuenta por nuestra cultura: la falta de Proyecto de Vida en los jóvenes.

Este cuadro generalmente se manifiesta como: un joven o adolescente tardío, que está "congelado". Ha detenido el tiempo. Su expectativa del futuro no va más allá del próximo domingo a la noche. Vive, intensamente o no, pero sólo el presente, encerrado en su cuarto, una suerte de "Bunker transitorizado: audio - video - informático a control remoto" infranqueable para los extraños, en especial su familia, que lo suele respetar como a un templo. Está encerrado en una torre de marfil en la que suelen contrastar sus alardes ideológicos humanísticos con una efectiva vida de egoísmo y desconocimiento del "otro". En realidad, carece de ideales, tal como se ha tratado de explicar con esto del post modernismo, como si el fuego interior fuera sólo un rasgo cultural, temporario. El fuego está apagado. En realidad, cuando uno amplía la observación e incluye a la familia, la matriz en que esta criatura se ha gestado, sospecha que tal vez nunca fue encendido.

Sin embargo, muchos de estos padres muestran hasta un exceso de preocupación por sus hijos, que suena a sobreprotección. Es frecuente que ellos estén resignados y aceptando esta situación, tal vez como el mal menor. Peor sería contrariarlos, enfrentarlos, oponerse, poner en riesgo la armonía familiar, jugando algún papel activo en aquello de la tan mentada "lucha generacional". Por lo general, debemos asumirlo, son víctimas de malentendidos que, sin quererlo, hemos facilitado los profesionales "Psi": "Los niños son frágiles y no hay que traumatizarlos" "Los padres tienen la culpa de los problemas de los hijos por la forma en que los educan" "Los enfermos mentales han sido reprimidos en su infancia por sus padres".

Así, se instala, como una tendencia cultural, el: "No contrariemos a los niños, no los reprimamos, en última instancia no los eduquemos, para no equivocarnos".

En realidad es poco frecuente que este problema motive, por sí solo, la consulta. Esta surge cuando se ha llegado a otro nivel más problemático en el que no está sólo comprometido el futuro del joven, sino aún el presente, cuando ya genera conflictos.

Sin embargo, este problema es también importante y generalizado, aún cuando no llegue a mayores niveles de perturbación psíquica. Sospecho que es, finalmente, paradigmático de una cultura que insiste en abusar de sus equivocaciones, en un mundo contradictorio que se muestra cada vez más maravilloso, pero a la vez también cada vez menos accesible a la inclusión autónoma de los jóvenes.

Entonces, muchos jóvenes de hoy, aunque no lleguen a constituir el "Síndrome del Sin Proyecto", están menos preocupados por el futuro de lo que estábamos los de la generación de sus padres. Menos de lo conveniente y de lo necesario para una saludable realización personal y para un desarrollo satisfactorio del país o de la comunidad a la que pertenecen. Mientras, muchos padres de hoy, tal vez por miedo a este terrible engendro mitológico que es el adolescente o el joven prototípico inventado por nuestra cultura, mitad adulto para los derechos y mitad bebé para los deberes, se entregan a un cómplice "laissez faire", disfrazado de respeto a su voluntad soberana. Ocasionalmente, nos traen amargas quejas por la conducta adolescente de un hijo de 35 años. "Dos más de los que tenía Jesucristo, cuando dicen que lo crucificaron", les señalé días pasados a alguno de ellos. Padres Light, como diría mi colega Enrique Rojas.

Cierto compromiso con la ciencia obliga a tratar de encontrar explicaciones a los fenómenos que nos interesan o que describimos. Yo, para no ser menos, intentaré algunas, aunque estoy convencido de que nada obedece a una sola causa.

El proyecto pertenece al futuro. El diccionario define el término "proyectar" como lanzar o dirigir algo hacia delante. El tiempo, por lo tanto, tiene mucha importancia en el proyecto. La noción del tiempo, la experiencia subjetiva del tiempo, que tiene que ver con la espera, como fenómeno natural y cotidiano. La espera, la postergación de un deseo, genera frustración. Creo que fue Sigmund Freud hace casi un siglo quien, por primera vez, relacionó la madurez del Yo con la tolerancia a la frustración. La tolerancia a la frustración se adquiere, se aprende, se entrena, se educa. Sus primeros maestros son los padres, cuando se animan a administrar racionalmente los deseos de los hijos y a decir que no, cuando es necesario. Tolerar la frustración es dominar el tiempo, ocupándolo con alguna elaboración inteligente. La tolerancia a la frustración permite pensar, que no es poco. Permite ahorrar, fundamento de la teoría capitalista. Permite controlar los impulsos, clave de los más elementales conceptos de adaptación social.

La frustración de no poder hacer algo hasta que seamos "grandes" nos impulsa a crecer. Crecemos cuando es mejor ser adulto que niño.

El problema es que en la cultura de "los chicos primero", de los "únicos privilegiados", como dijo alguien hace mucho, sin duda con otra intención, es mejor ser chico. Crecer, en esta cultura, no nos tienta, pues significa perder privilegios. Muchos padres, a los que antes queríamos imitar, hoy imitan a los chicos: se visten como ellos, hablan como ellos, tratan de mimetizarse con ellos y eso no ayuda a crecer.

Tal vez, esto sí, ayude a evitar aquello del "nido vacío", porque los pichones que crecían y aprendían a volar salían a la vida, buscaban su pareja y hacían su propio nido. Hoy está generalizándose el "nido elástico", en el que todos tienen cabida.

Antes, el nido propio y la autonomía prometían ser mejores que la continuidad de la dependencia paterna.

Hoy, algunas familias tienden a convertirse en nidos de gratificación infinita e incondicional, aún de deseos adultos, como para que los hijos no se quieran ir.

El sexo, por ejemplo, era cosa de adultos y buena parte de la motivación para el nido propio. Hace unos días, la madre de Sebastián, un muchacho por el que me consultaban, me decía "lo que sí, no puedo conseguir que Moniquita, su novia, no se quede a dormir con él en casa". Sebastián tiene 14 años ... ¿y para qué se va a preocupar e incomodar por hacerse de algún proyecto de vida?

Desde hace mucho tiempo la familia transmite valores. La cultura se transmitía cara a cara, de padre a hijo. Hoy tiende a ser cara a la pantalla del televisor o la computadora, lo cual es bueno, si no reemplaza, si enriquece. Habla de una continuidad de deseos de padres a hijos. Una íntima gratificación narcisística del padre por el éxito del proyecto del hijo. El proyecto era del hijo, pero en alguna medida "inculcado" por la familia. ¿Y no era esto un derecho a la continuidad cultural? Es cierto que hubo excesos, pero se tiende, pendularmente, a tratar a todo como excesivo. Pareciera que hoy los padres no deben participar, ni siquiera secretamente, en el proyecto de sus hijos.

"Mi hijo, el Doctor" tiende hoy, con mucho respeto por la libertad, a ser "Mi hijo, el Linyera".

Los cambios culturales y sociales son pendulares, y a veces pasan al lado opuesto generando nuevas situaciones de crisis, opuestas a las que intentaban resolver. Los padres, aunque pareciera que ya para engendrar hijos no somos imprescindibles, todavía somos necesarios para educarlos. Vale la pena recordar que no somos los dueños de nuestros hijos, como dice el poeta Khalil Gibran, pero somos el arco que como flecha viva los "proyecta hacia su destino".

"Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma .
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación
en tu mano de arquero,
sea para Alegría."

Khalil Gibran, en "El Profeta"

Este trabajo está dedicado a todos los padres y madres que luchan por dar un voto de confianza a sus hijos, esperando de ellos una respuesta.

(*) Dr. Carlos María Díaz Usandivaras. Médico Psiquiatra y Terapeuta Familiar, Director del Instituto de la Familia de San Isidro, Profesor Titular de Psicología Clínica de la Familia de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Belgrano. Tomado de la Revista "La Ciudad de Belgrano", publicación de la Universidad de Belgrano, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.